El Día de los Inocentes: cuando la inocencia revela la verdad
El relato bíblico cuenta que el rey Herodes, temiendo perder su poder ante el nacimiento de Jesús, ordena la matanza de niños en Belén. Esos niños son llamados “inocentes” porque no eran responsables de nada: no competían, no amenazaban, no conspiraban. Solo existían.
Por eso este día no habla de ingenuidad, sino de algo mucho más profundo: la vulnerabilidad de lo puro frente a la violencia del poder.
Con el paso del tiempo, la cultura transformó este día en un juego de engaños. Y esto no es casual. La psique humana suele cubrir lo doloroso con humor, lo traumático con risa, lo insoportable con ligereza. Así, lo que fue tragedia se vuelve broma. No por maldad, sino por supervivencia emocional.
Sin embargo, detenernos un momento a recordar el sentido original nos permite resignificar esta fecha de otra manera.
La inocencia no es estupidez.
La inocencia es apertura.
Es la capacidad de confiar, de no estar endurecidos, de no mirar el mundo solo desde la defensa.
Y ese tipo de inocencia es profundamente poderosa, porque es lo que el mundo pierde cuando se vuelve cínico, violento o dominado por el miedo.
Quizá por eso la figura del niño es central en tantas tradiciones espirituales: no como símbolo de debilidad, sino como símbolo de verdad no contaminada, de presencia simple, de conexión directa con la vida.
Hoy, más que reírnos de la inocencia, tal vez este día pueda invitarnos a preguntarnos:
— ¿Qué parte de mí sigue siendo inocente?
— ¿Qué parte de mí sigue confiando, esperando, creyendo en el bien?
— ¿Y qué parte se endureció para no sufrir?
Porque no vinimos a perder la inocencia, sino a aprender a cuidarla en un mundo que muchas veces no sabe cómo hacerlo.
Que este día sea entonces menos sobre engañar al otro, y más sobre recordar qué de verdadero, sensible y vivo aún habita en nosotros.
Con amor y presencia,
Elizabeth.
ANTAKARANA | Espacio Holístico de Conocimiento Unificado Integral

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